La Familia Franciscana celebra la impresión de las llagas de San Francisco de Asís.

Pocos santos han tenido tan decisiva influencia en la historia civil  y eclesiástica de todos los tiempos como el Poverello de Asís.
Y pocos han vivido las máximas evangélicas como este hombre que se identificó tanto con nuestro Señor Jesucristo crucificado,  que mereció recibir en su cuerpo las sagradas llagas.

Dos años antes de su muerte, San Francisco se retiró a Toscana con cinco de sus hermanos más cercanos, en el Monte Alvernia, para celebrar la Asunción de la Santísima Virgen y preparar la fiesta de San Miguel Arcángel por cuarenta días de el ayuno. Fue en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Francisco, arrodillado ante su celda, oraba rezando con los brazos  abiertos a la espera del amanecer, cuando fue objeto de una gracia excepcional.  El Señor crucificado se le apareció en la figura de un serafín de seis alas. Después de pasar tiempo con él en una conversación dulce, partió dejándole  impreso en el cuerpo las llagas sagradas.

El Papa Benedicto XI quiso conmemorar esta gracia mediante una festividad. El Papa Sixto V ordenó insertar en el Martirologio romano, el recuerdo de  los estigmas de San Francisco el 17 de septiembre. El Papa Pablo V extendió  esta fiesta a la Iglesia universal con el fin de despertar el amor de Jesús crucificado en cada corazón.
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