San Francisco de Asis, «Yo he cumplido mi tarea. Cristo os enseñe la vuestra».

Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión.  Quedaba así cumplido lo que por voluntad de Dios le había sido manifestado… Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente.

La tarde va cayendo y la vida de Francisco se apaga, como el sol tras la cumbre de las montañas. Ha pedido que le dejen morir desnudo sobre la tierra. Acepta un hábito de limosna y quiere que su última lección a sus hermanos, la dé el mismo Jesucristo por medio del evangelio de San Juan.

Francisco no quiere que lloren por él: sólo que vivan con gozo el Santo Evangelio y la altísima pobreza.

En un cielo sereno brillan las primeras estrellas… Francisco se muere tendido sobre la dura tierra, con un hábito recibido de limosna cubriendo su pobre cuerpo. 

Una última palabra: «Yo he cumplido mi tarea. Cristo os enseñe la vuestra».

La paz y el bien se extienden sobre la tierra.
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